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miércoles, 15 de enero de 2014

El más joven en la historia del Dakar corre como un veterano Con 18 años, González Ferioli es el mejor argentino: “Voy tranquilo y no arriesgo nada”, dijo, y sostuvo que "quería correr el Dakar, era una meta que se fue decantando".

Su cara de nene lo deschava. Parece mentira que entre tanto rostro curtido, entre muchos que no pueden disimular las canas, aparezca esta figura casi de un adolescente al mismo nivel que aquellos. Pero así es. Jeremías González Ferioli se convirtió sin quererlo en el piloto más joven en la historia del Dakar, pero además en el mejor argentino hoy en carrera.
Es cierto que quedaron sólo cuatro de los 14 que partieron, pero excepto por Marcos Patronelli, el joven cordobés que hace apenas un mes y dos días cumplió 18 años estuvo siempre a la altura del resto. En un momento Lucas Bonetto hizo ruido irrumpiendo con 20 años y el año pasado el holandés Robert Van Pelt Jr, con 19. Pero con sólo 17 este cordobés de la ciudad capital ya estaba anotado y con 18 ya culminó la 9ª etapa. Y no le da importancia al dato histórico. Siempre tuvo claro que quería correr un Dakar y obra en consecuencia. Es más, la estrategia la planifica él, pese a que su papá Carlos González sabe por haber corrido Cross Country en 2009. "Hasta ahora me viene saliendo bien, espero seguir así", dice riéndose. Simpático, tímido al hablar, sus respuestas son cortas. Para él "es una anécdota más ser el más joven. La verdad es que nunca me fijé en eso", dice este chico que en 2013 terminó la secundaria porque no se negocia en casa el estudio y empezará la carrera de administración de empresas en marzo. Sin novia, cuando puede responde los numerosos mensajes de sus amigos que recibí a diario, pero su mente está "en esta carrera. Espero que me dejen terminarla", porque están notando cierto trato desigualitario con pilotos que estando delante suyo fueron sancionados (uno de ellos el 5º, el qatarí Abu-Issa Mohamed) y después les sacaron el recargo.
Antes de encontrarlo almorzando a las 5 de la tarde, Ovacion ya había pasado por su modesto campamento, donde Ezequiel y Pablo, sus mecánicos, le meten mano al cuadriciclo Yamaha número 276. "Ajustamos pequeñas cosas, porque la verdad es que Jere lo devuelve siempre entero", dicen. "Es verdad, lo cuido mucho. No les doy mucho trabajo, así que deben estar contentos porque no tienen que renegar", se ríe. "Venimos cuidando, yo y el cuadri", que maneja desde los 14 años en el campeonato nacional de Cross Country, cuando dejó de acompañar al padre, pasó a correr un año con él y después ya fue el único protagonista. "Mi papá es el culpable de todo, completamente", le apunta a Carlos, quien responde que "lo dejé correr solo después de que me empezó a doler todo. Y además es mejor que yo".
"Siento mucho orgullo y mucha emoción, pero también un poco de temor, como cuando hoy (ayer) lo esperábamos en el arribo y no terminaba de llegar", prosigue. Encima, la Bajada de los Verdes, de 500 metros de altura y empinadísima en el mismo final de la etapa, metía miedo. "Sentí el cosquilleo. No me asusté pero impresiona, eh!", afirma Jeremías, quien siempre tuvo en claro que "quería correr el Dakar, era una meta que se fue decantando". Papá Carlos, que tiene una agencia de empleos en Córdoba, bancó todo. O casi, ya que al salir 6º en el Desafío Ruta 40 de 2013, la ASO le cubrió la mitad de la inscripción.
—Tomaste conciencia de que además de todo, sos el mejor argentino de la categoría.
—Sí, pero no arriesgo nada. No me quiero golpear ni golpear el cuadri porque sé que así me puedo quedar afuera, así que manejo tranquilo. Siempre me imaginé terminando la carrera, pero sé que tengo que hacerlo etapa por etapa.
—¿Cómo te trata en lo físico?
—Todos creen que porque soy un pi- be no siento el esfuerzo, pero a veces me duelen mucho las lumbares sobre todo. Por suerte entrené mucho antes de la carrera y los masajes que me hacen después de cada tramo me vienen bárbaro.
—La etapa en El Barreal de San Juan, donde abandonó Patronelli, ¿fue la más difícil?
—Sí, fue terrible. El cuatri se apunó en un camino muy angosto y roto que iba por la cresta de la montaña, y lo tenía que subir a fondo en segunda a cuatro mil metros de altura, pegándole a todo. Por suerte no rompí nada y era la primera etapa maratón.
—¿Con la mecánica, cómo andás?
—Me las rebusco con lo básico. En esa etapa cambié filtro y cadena, y después los neumáticos que voy pinchando. Algo aprendí— dice. Pero su papá retruca: "Tiene que aprender más".
—Respaldo familiar total, ¿no?
—Sí. Mientras yo descanso mi papá va al briefing (reunión de pilotos), me hace la hoja de ruta y mi mamá (Sonia) es la que me cocina. Pocas veces como en el campamento, porque llego, tengo todo listo y me voy a dormir. Todos me dijeron que imaginara el Dakar diez veces más duro de lo que me decían. Pero aunque lo es, la verdad es que hasta acá no puedo quejarme.

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